Mi opinión sobre ‘Comerás flores’, de Lucía Solla Sobral
Por fin he podido leer Comerás flores, la primera novela de Lucía Solla Sobral, publicada por Libros del Asteroide, ganadora del Premio Cálamo al mejor libro del año. ¿Qué hace que una primera novela llegue a tantas lectoras y lectores? Hay muchas explicaciones plausibles, todas parciales, pero la fórmula mágica, por suerte, sigue siendo un misterio.
Los temas que aborda
En Comerás flores, Lucía Solla nos ofrece una respuesta a una pregunta que muchos de nosotros nos hemos hecho alguna vez ante determinados casos de maltrato psicológico en una relación de pareja: ¿cómo es posible que siga con él, si no tiene ninguna necesidad y si no hay nada que le ate? ¿Por qué no sale de esa jaula si en realidad tiene la puerta abierta?
Lucía nos muestra que la realidad de la psique humana siempre es más compleja de lo que parece, porque lo que nos sucede no nos sucede en el vacío. Somos biografía en movimiento. Jaime, un hombre bastantes años mayor que Marina, aparece en su vida después de unas relaciones sentimentales que le han dejado un profundo aburrimiento, cuando su trabajo le resulta frustrante y, sobre todo, durante una etapa de gran vulnerabilidad tras la muerte de su padre. El duelo, que subyace casi en silencio a lo largo de la historia, y la amistad que le ofrece Diana constituyen otros dos grandes ejes de Comerás flores.
Lo que más me ha gustado
Me han gustado las decisiones que ha tomado Lucía Solla para definir a uno de sus personajes principales. Jaime no es solamente un hombre atractivo, sino que también es carismático, interesante, detallista y, a menudo, cuidador; y es más: en algunos momentos de la historia uno incluso puede llegar a querer a Jaime y a empatizar con sus miedos y sus inseguridades, miedos e inseguridades que explican su intensa necesidad de control. La historia habría funcionado peor si Jaime hubiera sido presentado de un modo más plano. Aunque algunos críticos han defendido que Jaime debería tener aún mayor complejidad psicológica, a mí me ha parecido que el personaje está bien trabajado, tanto por lo que se dice como por lo que se puede intuir.
También me ha gustado la voz de Marina, construida sobre una prosa ágil, a veces atropellada, de quien escribe como habla, y que logra acercar a la protagonista al lector, convirtiéndola en una amiga a quien desearíamos poder rescatar de ese agujero en el que, sin darse demasiada cuenta, se ha ido metiendo.
Lo que menos me ha gustado
Comerás flores es una historia predecible en la que el lector identifica enseguida el problema. Este no experimenta demasiada evolución, sino que reproduce unos patrones que se repiten a lo largo del tiempo. Apenas hay sorpresas ni un final que conmueva. Quizá esa repetición no sea una limitación narrativa, sino una forma de representar el ciclo del abuso; pero cabe preguntarse si produce tensión y asfixia o, como ha sucedido en mi caso, provoca cierto estancamiento de la narración. ¿Qué me ha animado entonces a seguir leyendo? Sobre todo, tres cosas: la agilidad del estilo, la empatía generada con los personajes y, finalmente, la expectativa de un giro que nunca llega a producirse.
Por qué creo que está funcionando
Más allá de lo que ya he comentado, hay un aspecto que me parece que explica, en parte, por qué la primera novela de Lucía Solla está funcionando tan bien, un aspecto que podría activarse en los lectores y lectoras incluso de un modo inconsciente: ¿no será que también cada uno de nosotros hemos sido, somos o podríamos ser Marina? Y aún peor: ¿no será que todos nosotros tenemos, en realidad, algo de Jaime? Quizás en esa identificación oculta con rasgos y mecanismos que preferiríamos considerar ajenos esté una de las claves detrás del éxito de Comerás flores.s’, de Lucía…